La lección ignaciana: formar a la persona antes que al profesional

Hay muchas razones por las que Jorge Mario Bergoglio ha sido el primer jesuita de la historia en ser elegido Papa. Una de ellas es que en el estatuto de la Compañía de Jesús está claramente escrito, a instancias del fundador Ignacio de Loyola, que los cofrades no deben aceptar cargos eclesiásticos, con escasas excepciones autorizadas directamente por la orden.

Pese a esta prohibición, en uno de los momentos de mayor dificultad de su larga historia, la Iglesia eligió un Papa como Francisco, cuya obra se basa en dos pilares de la orden: compartir las decisiones y, al mismo tiempo, expresar un liderazgo fuerte.

El estadounidense Chris Lowney, un ex jesuita y banquero, escribió un exitoso libro en 2003 (Heroic leadership: best practices from a 450 year old company that changed the world) en el que trazó un camino para descubrir los principios del liderazgo según los jesuitas, un modelo único en el complejo panorama de la Iglesia, pero también de todas las demás organizaciones del mundo, tanto económicas como políticas.

Este enfoque original se basa en una poderosa exhortación: “poner orden en la vida”, esto es así porque “un líder evoluciona cuando sabe perfectamente quién es y a qué valores se adhiere, alcanzando la plena consciencia de los puntos ciegos y peligrosos o de las debilidades que podrían desviarle de su camino y cultivando el hábito de reflexionar sobre sí mismo y profundizar sus conocimientos”.

Todo esto con la consciencia de que un líder es alguien que explora con voracidad nuevas ideas, nuevos enfoques y nuevas culturas, en lugar de encerrarse en una actitud defensiva frente a lo imprevisto y desconocido. Firmemente anclado a valores y principios ‘no negociables’, éste líder puede adaptarse a todas las situaciones sin perder su seguridad.

Ignacio afirmaba “antes amor que miedo”, una invitación que, en clave contemporánea, debe entenderse como la capacidad de crear un entorno positivo y amigable, siempre enriquecido con nueva energía y apoyo mutuo. Un lugar donde el liderazgo es más fuerte si se comparte, donde las relaciones humanas son el verdadero valor transformacional. El líder decide, pero lo hace después de un análisis en profundidad de los problemas y después de escuchar varias propuestas de soluciones.

Según el dictado ignaciano, ser un ‘líder por vocación’ significa ser proactivo y asertivo, luchar pacíficamente por lo que se cree, prepararse para el cambio, ser integradores, estimular las habilidades de los demás y ayudarles a erradicar sus debilidades, en un recorrido de progresión constante. Una forma de ser que no es solo del manager, sino también del padre, del maestro, del compañero, de la pareja o del amigo.

Por esta razón, desde el punto de vista académico, la pedagogía ignaciana tiene como objetivo formar al hombre antes que el estudiante, según la idea de que la excelencia académica debe ir acompañada de la excelencia humana. Incluso los Ejercicios Espirituales, desarrollados por Ignacio, son una especie de plataforma para enfocar el pensamiento reflexivo en la propia experiencia de crecimiento personal. Su valor reside en la eficacia con la que este camino conduce a la creación de un liderazgo personal: todos tienen el potencial, y un verdadero líder sabe cómo hacer que salga.

La tradición pedagógica ignaciana ahonda sus raíces en el método parisino, experimentado por Ignacio durante sus estudios en la Sorbona. Un método que se caracterizaba por la atención que el profesor ponía en las cualidades personales y los modelos de aprendizaje del estudiante, a diferencia del método practicado en ese momento en Italia, basado, sobre todo, en el prestigio del maestro y su elocuencia.

El objetivo educativo de los jesuitas es formar a la persona de manera integral, de modo que sea competente, consciente, compasiva y comprometida. Las famosas 4 C se han convertido en una forma efectiva de expresar la intención de educar a la persona en su totalidad, dentro de una sociedad que cambia cada vez más rápido. La vida es una conquista constante que se logra a través del compromiso, en un proceso de aprendizaje que nunca se detiene.

La C de Competente es quizás la que incluye a las demás, ya que se llega a ser competentes precisamente porque compasivos, conscientes y comprometidos. Promover la competencia significa promover la capacidad de enfrentarse a los problemas movilizando recursos internos y actuando funcionalmente en un contexto complejo. Significa poder conectar experiencias de aprendizaje con situaciones de vida real, transformar la reflexión en acción a partir del contexto, trabajar los vínculos en lugar de las fracturas entre la teoría y la práctica, con la ambición racional de poder transformar el mundo.

Este enfoque de la pedagogía es también un profundo acto de fe en la capacidad del individuo para recibir una ayuda concreta con la que realizar su potencial. La voluntad de poner en valor el potencial del otro por un objetivo común está vinculada al concepto de liderazgo de servicio. Es el “ser más para servir mejor”, que traduce operacionalmente los principios ignacianos en la gestión de organizaciones complejas.

El deseo de mejorar nos empuja, de una manera siempre nueva, a enfrentarnos a los desafíos de la vida. El jesuita perfecto según Ignacio es el que “vive con un pie constantemente levantado”, es decir, en constante movimiento y capaz, a través de su espíritu de iniciativa, de adaptarse creativamente a escenarios siempre nuevos. El ciudadano y el líder ideal para el contexto VUCA en el que nos encontramos hoy.

Las escuelas jesuitas nacieron con el objetivo específico de ayudar a las personas a convertirse en ellas mismas y construir un mundo más humano y justo. Por esta razón, la pedagogía, el arte y la ciencia no pueden reducirse a un simple método, sino que deben incluir una visión del mundo y una concepción de la personas que se quieren formar. Un análisis de las prioridades que responde perfectamente al contexto actual, donde los números y los resultados, aunque necesarios, ya no son suficientes, sino que deben acompañar a una misión, una cultura y valores a disposición de una causa que trasciende la actividad ordinaria de la organización.

Si queremos tener un peso en la sociedad, debemos insistir en el hecho de que la educación, primero, y la práctica, después, deben responder a un marco ético sólido más que a un plan de negocios detallado. Esto no significa cruzar el límite del adoctrinamiento o limitarse a la especulación teórica. El marco ético debe ser la referencia para una confrontación constante con los problemas concretos de la cotidianidad. Una verdadera guía a la acción.