Coronavirus, la disruption que acelera el cambio y la toma de conciencia

El viaje alrededor del mundo del coronoavirus está acelerando la afirmación de algunos procesos en marcha desde hace algún tiempo. En particular, los observadores se están centrando mucho en el éxito del tele-trabajo como medida para limitar el contagio. Y es cierto que muchas personas están descubriendo las ventajas del smart working, así como la inutilidad de la mayoría de las reuniones en las que solían participar. Al mismo tiempo, la OMS ha aconsejado evitar los pagos en efectivo, y los medios de comunicación de muchos países han visto el triunfo definitivo del análisis de datos, con infografías detalladas sobre la propagación del virus en tiempo real.

Algunas transiciones se aceleran repentinamente. No es un fenómeno nuevo, una epidemia, como una guerra, puede constituir un elemento macro acelerador de transformación tecnológica y social. Los historiadores llevan tiempo interpretando en esta clave algunos acontecimientos del pasado. Después de la epidemia de peste del siglo XIV, Europa supo renacer, concentrando enormes fortunas en manos de los supervivientes, destruyendo antiguas castas, mejorando la relación entre la población y los recursos. El precio que se tuvo que pagar fue enorme, pero el fallecimiento de la mitad de la población tuvo como consecuencia el inicio de la ola de progreso que pondría fin a la Edad Media y dio pie a la modernidad.

Por el contrario, las culturas precolombinas no pudieron recuperarse del exterminio provocado, entre otras cosas, por las epidemias traídas por los europeos. Entonces, si es cierto que las enfermedades pueden modificar la historia, no son indiferentes al contexto cultural en el que operan. Si el cambio es positivo o negativo depende de la resiliencia y la capacidad de adaptación de las poblaciones a las nuevas condiciones. Como en la lucha contra un nuevo virus, la solución radica en encontrar los anticuerpos correctos a tiempo.

Lo que estamos experimentando podría ser el llamado ‘cisne negro’, un evento inesperado que acelera o transforma de forma dramática los procesos sociales y económicos. En este sentido, una epidemia es una especie de sublimación del concepto de disruption. Hay que cambiar para sobrevivir. El virus estalla repentinamente y cambia todos los factores conocidos, propagándose a una velocidad incontrolable, ayudado en esto por las estructuras típicas del mundo globalizado. Es curioso, y vagamente metafórico, cómo el Covid-19 ataca con mayor violencia a las personas mayores, mientras pasa casi desapercibido entre los más jóvenes. Las nuevas generaciones tienen menos dificultades para adaptarse a las novedades, y cuentan con un sistema inmunitario más fuerte y flexible. También parece ser que las mujeres están menos afectadas que los hombres.

Si bien los datos que recibimos dependen de la capacidad (y la voluntad) de diagnóstico de los diferentes países, es inevitable observar cómo, al menos en esta fase, la epidemia se está propagando especialmente entre los países más ricos e industrializados, como por una resaca de la globalización. Estamos asistiendo a una especie de prueba de estrés de nuestras sociedades que nos permite también revelar algunos aspectos que quizás no habíamos considerado lo suficiente.

Hechizados por el mito de la tecnología, pensábamos que la humanidad estaba dirigida hacia la eliminación progresiva de las relaciones humanas, reemplazada por las digitales. En realidad, la situación de aislamiento forzado de algunas comunidades, como las italianas y chinas, revela que no podemos abdicar a esos contactos, por lo menos no a largo plazo. Seguimos siendo un animal social y la tecnología es, sin duda, una herramienta extraordinaria, que nos permite no apagar la máquina en un momento de crisis grave, pero no puede reemplazar las relaciones entre las personas. Un mundo en cuarentena, donde las comunicaciones y las relaciones están mediadas y remotas, no funcionaría por mucho tiempo.

Otro elemento de reflexión es nuestra relación con el miedo. La necesidad que tenemos de recibir información instantánea y constante crea un fenómeno casi tan peligroso como la propia enfermedad. No en vano, muchos hablan de ‘infodemia’, una epidemia cuyo mayor peligro radica en transmitir y reavivar nuestros temores. A los medios de comunicación conviene crear y mantener una situación de alarma generalizada, pero, de alguna manera, es también una respuesta a una petición de la audiencia.

En esta parte del mundo, las personas necesitan emergencias constantes para compactarse. Vivimos en sociedades ancianas, con mucho más que perder que ganar. Esto nos impide embarcarnos en aventuras revolucionarias que son típicas de los colectivos más marginados, como los jóvenes, los pobres, las minorías o, finalmente, las mujeres. La emergencia creada por un enemigo externo, aún mejor si es invisible como un virus, nos permite reunir temporalmente una sociedad litigiosa y dividida perpetuamente en múltiples egoísmos.

La mayoría de nosotros no es objetivo y víctima de las consecuencias peores de este nuevo virus, sino vehículo. Los cambios en nuestras conductas diarias se deben aceptar y adoptar como muestra de altruismo hacia los demás, los más vulnerables. Si este mensaje calará, algo habremos aprendido de esta experiencia.

Occidente ha ‘abolido’ la guerra en su interior y necesita frecuentes amenazas y emergencias, reales o construidas, para funcionar como colectivo y aguantar la unidad entre las masas y la élite. La disciplina que las poblaciones más afectadas han observado hasta ahora frente a las disposiciones muy estrictas impuestas por sus gobiernos es francamente sorprendente. Parece que solo una amenaza nueva y desconocida pueda restaurar la credibilidad de una autoridad cada vez más desacreditada.

Desafortunadamente, vivimos en una era en la que el miedo agrega y mueve más que la esperanza. El desafío contra el cambio climático, por ejemplo, parece que se llega a tomar en serio solo cuando se subraya su aspecto más amenazante, en lugar de invocar la oportunidad de desarrollo que puede ofrecer. Los movimientos políticos que tienen éxito son aquellos que saben explicar los problemas y manejar los miedos y no aquellos (suponiendo que existan) que intentan proponer soluciones y dibujar escenarios de superación.

Una vez más, el factor demográfico tiene una influencia innegable. Cuando el presidente Kennedy propuso el ‘moonshot‘, es decir, el desafío aparentemente imposible de enviar a un hombre a la luna, lo hizo imaginando un enorme salto hacia adelante. Y ofreció esta perspectiva a los babyboomers, una generación que entonces era joven, valiente, ilusionada y hambrienta. Hoy en Occidente, y especialmente en Europa, esto ya no es posible: no hay audiencia dispuesta a escuchar este tipo de mensaje y la curva demográfica nos dice que tampoco habrá en el futuro próximo.

El movimiento representado por Greta Thumberg, joven y mujer, nos deja una pequeña esperanza. Aunque su mensaje haya sido muy dramatizado, la respuesta vino espontáneamente de jóvenes y muy jóvenes, y en los eventos que ellos organizaron en todo el mundo había ironía, esperanza y confianza. Quién sabe, un drama como el del coronavirus podría resolverse con la afirmación de las nuevas generaciones, capaces de asumir la responsabilidad de construir el mundo del futuro y enfrentarse al riesgo del cambio sin temor.